Sociedad Italia de Socorro Mutuo y Beneficencia Gualeguay

Por Bernasconi Alicia, La Sociedad Italia de Socorros Mutuos y Beneficencia de Gualeguay y su teatro, FONCYT, PICT N° 2015-3831; Gualeguay, 2020.

La creación de asociaciones de socorros mutuos y de solidaridad entre compatriotas por parte de los inmigrantes, especialmente los italianos y los españoles, fue un fenómeno generalizado en Argentina desde la segunda mitad del siglo XIX. La construcción de líneas ferroviarias aceleró su multiplicación, acompañando la formación de núcleos urbanos a medida que avanzaba el tendido de los rieles. Estas instituciones no constituían una novedad: las primeras surgieron antes de la afluencia de inmigrantes favorecida por la ley de 1876. Pionera fue la Sociedad Unione e Benevolenza en Buenos Aires. La Sociedad Italia de Gualeguay es una de estas instituciones tempranas.

En los primeros días de octubre de 1868, se reunió un grupo de italianos en la casa de Domenico y Michele Carboni, para organizar la creación de una sociedad de socorros mutuos y beneficencia, que fue constituida oficialmente el 12 de octubre. Era esta la tercera institución de los italianos en la provincia de Entre Ríos, luego de la de Victoria (1863) y la Unione e Benevolenza de Paraná (1865), y seguirían en los años siguientes otras en otras ciudades. Al día siguiente de su fundación contaba con 116 socios inscriptos; quizás entre ellos se encontraran algunos integrantes de aquellos marinos genoveses que habían liderado el transporte fluvial, pero ahora ya estaban establecidos en el comercio, la actividad que ejercía por lo menos un tercio de los socios fundadores.

Las sociedades de socorros mutuos, con el aporte de una cuota mensual por parte de sus miembros, socorrían a los trabajadores con un subsidio cuando algún accidente o enfermedad les impedía trabajar para ganar el sustento diario; se hacían cargo de los gastos de médico, remedios e internación si fuese necesario; de acompañar a los enfermos –pensemos que en muchos casos se trataba de inmigrantes que habían dejado atrás sus familias y se encontraban solos- y en caso de muerte, brindaban las honras fúnebres y se hacían cargo del entierro, con la solemnidad que las costumbres exigían. Tales funciones ocuparon a la Sociedad Italia desde los primeros días. Apenas en la primera semana se presentó la primera ocasión de asistencia: un socio se había fracturado una pierna y fue socorrido con subsidios. No se trató de un caso excepcional: en las actas podemos encontrar las diversas ocasiones en que la sociedad daba respuesta a las diversas necesidades de socios enfermos, accidentados o indigentes, ya fuera atención médica, traslado al Hospital Italiano, asistencia en su domicilio cuando no pudieran valerse por sí mismos, y vestimenta esencial.

La acción de la sociedad iba más allá de asistir solo a los socios contribuyentes: el presidente Juan Bautista Quadri, en enero de 1869 planteó la situación en que se encontraba un italiano residente de Nogoyá, llegado a Gualeguay recientemente, a quien habían robado y cuya casa había sido incendiada. En este caso, como no le correspodían los subsidios establecidos en los estatutos de la sociedad, se lo auxilió con los fondos destinados a beneficencia. Otras veces, cuando no era posible recurrir a los fondos sociales, se hacía una suscripción entre los socios. En el año 1870, los acontecimientos que sucedieron al asesinato de Urquiza y la revolución de López Jordán afectaron a los residentes de Gualeguay, y la Sociedad Italia no fue ajena a ellos: atendieron con fondos de la beneficencia a un marinero italiano gravemente herido por un soldado de la guardia del puerto, y organizaron patrullas para protección de los italianos de la ciudad. La preocupación por el manejo de los fondos sociales era constante; se buscaba obtener el mejor rendimiento del tesoro social, que en parte se prestaba a los asociados y en parte se depositaba en el Banco de Comercio, pero se estaba alerta en buscar alternativas seguras y más provechosas. En la administración de los subsidios por enfermedad de los socios, aparecieron rápidamente dos problemas: las enfermedades preexistentes y las crónicas. Cada uno de ellos llevó a sucesivas modificaciones en el estatuto, para exigir certificado de salud al ingreso, y para reglamentar el monto y la duración del subsidio a los enfermos crónicos.

En los primeros cinco años, al menos, privó la sensibilidad por sobre la letra reglamentaria, y cuando esta se consideraba insuficiente o inapropiada, se buscaban soluciones mediante suscripciones entre los socios o mediante la consulta a la asamblea de socios. Se propuso a la asamblea que a los crónicos se diera un subsidio de $10 mensuales por el tiempo que determinara el médico y por tiempo indefinido a los incurables en tanto unos y otros permanecieran en la ciudad (9/11/1873, p 101). Permanentemente había socios atrasados con sus pagos, lo que ocasionó en muchos casos que se los diera de baja; en otros se les daba una prórroga para que se pusieran al día. Sólo en junio de 1877 se planteó la necesidad de fijar un valor a los honorarios del médico.

El Panteón Social

Como hemos dicho, la preocupación por la asistencia a los socios en la enfermedad y en la muerte era primordial. Consistentemente, disponer de un lugar en el cementerio para los restos de los asociados era de suma importancia y estaba por lo tanto entre los temas prioritarios. Por eso en 1869, al iniciar la sociedad su segundo año de existencia, se planteó el objetivo de tener el panteón propio. Para que los gastos no recayeran en el fondo social, diez
socios ofrecieron hacerse cargo de los gastos de construcción. A lo largo de los años, el panteón fue ampliado y reformado hasta adquirir el aspecto actual; se realizaba como mínimo un mantenimiento anual para que se encontrara en buenas condiciones cada año para el día de difuntos.

El primer edificio de la Sociedad Italia

Junto a la preocupación por la asistencia material, estaba la de la vida social y cultural de las familias de los asociados, y en muchos casos también la educación, todas actividades que requerían un espacio material donde desarrollarse. Los primeros pasos para construir la casa propia se dieron en la Asamblea del 9 de mayo de 1872. La comisión directiva estaba compuesta entonces por Giuseppe Domenico Carboni, Achille Sanguinetti (Presidente y Vicepresidente, respectivamente), Andrea Roncajolo (secretario), Domenico Carboni como vice secretario y Michele Carboni, tesorero. La propuesta del presidente Sanguinetti de construir la sede propia fue aceptada por unanimidad y con mucho entusiasmo por parte de los socios, que inmediatamente ofrecieron sus aportes. Sus ofertas fueron registradas en el acta de la Asamblea.

Se optó por comprar a Vincenzo Mazza un lote contiguo a su propiedad, sobre la calle Uruguay, de 20 varas de frente por 40 de fondo. Agostino Antola (albañil que en 1890 se haría cargo de la construcción del Teatro Nacional) se ofreció a hacer un plano según una idea de Achille Sanguinetti. El diseño de Sanguinetti fue aprobado por el Consejo Directivo a fines de octubre. La comisión encargada de vigilar la construcción estaba integrada por Alfredo (no Alfonso, como erróneamente dice la lista de socios fundadores) Althausse, Agostino Antola, Achille Sanguinetti, Michele Carboni, Luigi Lertora y Vincenzo Mazza.

Para febrero de 1873 habían logrado reunir los materiales para iniciar la construcción. Modificando la idea original, la Comisión propuso edificar la casa retirada del frente, agregando una reja y una puerta de hierro. Los cimientos estaban por la mitad y el trabajo estaba parado por falta de obreros. En julio se pidió a la comisión que había sido encargada de recolectar las ofertas, que activara su efectivización. En agosto se aprobó la construcción de la
cisterna. La casa social fue inaugurada el domingo 22 de febrero de 1874 a las cuatro de la tarde, y los socios presentes firmaron el acta correspondiente. La talla en la madera de uno de los batientes de la puerta cancel de madera, con las letras SPQR7, alude a la reciente recuperación de Roma como capital de Italia (el 20 de setiembre de 1870), acontecimiento que sería celebrado anualmente cada 20 de septiembre. Pero faltaba aún dotar a la sociedad de un verdadero salón social con espacio para veladas sociales y culturales

El camino hacia el Teatro Italia

La pasión, la necesidad de conciliar las aspiraciones y los distintos proyectos con los recursos disponibles y los requerimientos de asistencia a los socios solían generar conflictos y divisiones en las sociedades italianas de socorros mutuos, y también las hubo en Gualeguay. Prevaleció finalmente la conciencia de que la unión era necesaria para el bien de la sociedad y del buen nombre de los italianos en la ciudad. Por eso entre 1890 y 1898 fracciones que habían estado en discordia acordaron poner fin a sus diferencias y unificar las sociedades existentes nuevamente, volviendo todos a ser parte de una única Sociedad Italia. La unificación definitiva, en 1898, fue concretada con una ceremonia solemne en la casa social con la presencia del agente consular italiano, un ex presidente de la Sociedad Unione e Benevolenza de Buenos Aires que se encontraba en Gualeguay, y el médico español, doctor Aguirrezabala, que era uno de los médicos de la sociedad y figura de prestigio en el ámbito gualeyo.

El acuerdo de unión entre la Sociedad Italia y la sociedad Stella d’Italia especificaba, entre otras cosas, que si se formara una sociedad femenina, la Sociedad Italia la hospedaría en su sede. La sociedad Regina Margherita se conformó en ese mismo año de 18989. El acuerdo de unificación de 1898 permitía incorporar a la Sociedad Italia sólo a las socias protectoras. Una vez concretada esta unión, pudieron dedicarse a tareas ansiadas desde hacía tiempo: la ampliación del panteón, y la compra de un terreno para construir un nuevo salón social, capaz de contener dignamente las actividades de la sociedad. Se resolvió en 1901 comprar un terreno contiguo a la propiedad de la sociedad, prolongándola hacia la calle Gualeguaychú, y allí se comenzó a edificar, en 1902, el nuevo salón, que se convertiría después en el Teatro Italia. La sociedad se encargaría de la compra de materiales (exceptuadas las aberturas, que serían provistas por el contratista de la carpintería) y los trabajos se dividieron en dos contratos separados: trabajos de albañilería (construcción de las paredes) por un lado y carpintería por el otro. Se designaría un encargado para recibir los materiales en nombre de la sociedad y vigilar que todo se hiciese según las reglas del arte y siguiendo instrucciones de una comisión encargada del seguimiento de la obra. La obra de construcción de adjudicó a Cadari, Vaccaro y Cía. y la carpintería a Giuseppe Sperandio, carpintero nacido en el Véneto. Las cartas que la comisión enviaba al comitente muestran cuán seriamente se seguían los trabajos para que en todos sus aspectos coincidieran con el plano y con las condiciones del contrato. Por una de esas cartas sabemos que el proscenio fue diseñado por el arquitecto suizo Agustín Brignoni, residente en Gualeguay desde 1878.